Con tu enorme amor y pequeños besos me robaste la vida. Desde antes de nacer ya habías cambiado todo profunda y definitivamente. Tu manita en la mía, selló el pacto eterno de mi dedicación a vos, mi hijo, mi amor, mi mayor sueño.
Tan pequeño eras cuando por tu propia cuenta me hiciste saber que me amás, un hipopótamo de juguete en mi equipaje para estar a mi lado en un viaje y por el resto de mis días.
En silencio a tu lado te veo crecer mientras pasamos nuestras horas juntos. Veo tus ojos fijos en este momento pero concentrados en el futuro de gran felicidad, de gran amistad, del gran amor que nos une hoy y siempre, en la eternidad de ser tu padre y ser mi hijo.
Tu siluetita, batiendo las piernas en la piscina, que alcanzo a ver desde la tribuna para padres me inspira este relato; tan pequeñito y tan grande, aprendiendo de la vida, mi amor, aprendiendo a sobrevivir.
Y, es que desde que estás las penas son menos y tu sola certeza ha llenado mi vida. Ahora sé que nadie más que un hijo te enseña de verdad lo que es el amor.
Desde aquella primera vez que con tus propios pasitos llegaste hasta a mi y me abrazaste fuerte, no me has soltado; ni en los largos días en los que no nos vemos, ni en las mayores dificultades y por toda la vida, seguimos en aquel abrazo.
Ahora paso mis días pensando en el momento en el que nos veremos de nuevo, este sábado o domingo, ojalá el viernes u otro día, y en las maravillas que me regalarás.
Por vos pienso por primera vez en el futuro y nada más que tu alegría, plenitud y seguridad importan en mi vida.
No comments:
Post a Comment